LAS MODAS Y LAS GRADUACIONES

Para los de mi generación había una sola fiesta de graduación, o dos si la providencia y la terquedad personal nos conducían hasta los umbrales de la universidad. Obviamente, eran importantísimas y muy significativas, acontecimientos que quedaron depositados en ese rincón del alma donde se guardan las cosas que realmente pesaron en la balanza de la existencia. Eran ceremonias con ese sabor agridulce de las despedidas definitivas: uno cerraba una puerta sabiendo que jamás volvería a abrirla del mismo modo.

Pero ahora, querido lector, cada criatura acumula como cinco o seis graduaciones antes de cumplir los veinte años. La de kínder (porque aparentemente dejar los pañales y aprender a compartir los lápices de colores merece toga y birrete), la de jardín, la de primaria, la de secundaria, y finalmente la de bachillerato o universidad, si es que para entonces no han perdido todo sentido del asombro ante semejante inflación ceremonial. Es como si hubiéramos decidido celebrar cada escalón de una escalera, olvidando que lo importante es llegar arriba, no fotografiarse en cada peldaño.

Antes, las fiestas eran austeras, casi franciscanas en su sencillez. Había que vestirse de gala, naturalmente —el decoro tiene sus exigencias—, pero el terno o vestido no necesitaba estrenar etiqueta: servía dignamente para veinte fiestas más, y nadie levantaba una ceja si reconocía la corbata o el vestido del año anterior. Asistían los papás, el graduado con su pareja (si la tenía y si se atrevía a presentarla), algunos profesores invitados que habían dejado huella en el alma más que en el cuaderno, y el director, quien pronunciaba un discurso breve que nadie recordaba pero todos aplaudían con sincero afecto.

Eso era todo. Y créame que era suficiente.

Hoy en cambio, ay, si no alquilan el Madison Square Garden es únicamente porque queda un poco lejos y porque el presupuesto familiar, aunque estirado hasta el heroísmo, tiene sus límites terrenales. Pero el espíritu es ese: fastuosidad, espectáculo, despliegue. Se venden entradas como si fuera un concierto de rock, se venden cubiertos como si fuera una boda real, y algunas familias —no exagero— llevan hasta al perrito, no sea que el pobre animal se sienta excluido de tan memorable evento. Por lo general son celebraciones caóticas y estresantes, verdaderas pruebas de resistencia psicológica, a menos que el maestro de ceremonias sea un encantador de serpientes, genio de la logística y con alma de domador de fieras, todo al mismo tiempo.

Las fiestas escolares de antaño eran de puertas para adentro, acontecimientos íntimos donde realmente disfrutaban quienes debían disfrutar: los alumnos, que veían coronado su esfuerzo, y los profesores, que experimentaban ese orgullo callado del jardinero al ver florecer lo que sembró. Había en ello algo de sagrado, de recogimiento casi litúrgico.

Hoy, en cambio, deben hacerse «involucrando a la comunidad», expresión moderna que suena a responsabilidad cívica pero que en la práctica significa pasacalle obligatorio, con vestimentas alquiladas (y uno se pregunta, con genuina perplejidad filosófica, en beneficio de quién es todo este alquiler), estrés generalizado, cansancio acumulado y sacrificio heroico para padres y alumnos. Para la imagen del colegio, eso sí, muchos beneficios: fotografías en redes sociales, prestigio de cartón piedra, la ilusión de que la educación se mide por el tamaño de la fiesta y no por la solidez de lo aprendido.

Y lo triste es que nosotros nos creemos esa perogrullada, y no observamos, como debiéramos, los porcentajes de ingreso a las universidades, que demostrarían la verdadera calidad académica de la enseñanza. Pregunto, mi querido lector: ¿usted cree que se podría ingresar a alguna universidad sin academia de preparación preuniversitaria? La pregunta queda flotando en el aire, incómoda como una verdad que preferimos no mirar de frente. Porque si nuestros colegios realmente enseñaran lo que prometen celebrar con tanta pompa, ¿necesitaríamos después pagar por un año completo de academia para remendar lo que debió aprenderse en once años de educación formal?

¿De dónde salen estas modas?, uno se pregunta en las noches de insomnio. ¿Quién fue el primero que decidió que un niño de cinco años necesitaba una ceremonia de graduación con diploma enmarcado? ¿En qué momento confundimos el acompañamiento pedagógico con la producción de espectáculos? ¿Cuándo comenzamos a creer que el valor de un logro se mide por el número de testigos y el costo del banquete?

Quizá, y esto es apenas una sospecha que susurro con humildad, hemos olvidado que la verdadera educación ocurre en silencio, como crecen los árboles. Y que las ceremonias, cuando son auténticas, no necesitan reflectores ni coreografías: les basta la emoción contenida de un apretón de manos, la mirada cómplice entre maestro y alumno, el peso simbólico de un diploma que representa años de esfuerzo compartido.

Pero claro, eso no sale bien en las fotografías. Y en tiempos donde lo que no se fotografía parece no existir, hemos decidido que es mejor graduar a los niños cada dos años, no sea que se nos olvide documentar su crecimiento con la debida pompa y circunstancia.

Mientras tanto, los verdaderos maestros —esos que enseñan con el ejemplo más que con el micrófono— siguen en sus aulas, cultivando en silencio lo que ninguna fiesta podrá jamás celebrar del todo: el despertar de una conciencia, el nacimiento de una pregunta, el milagro cotidiano de aprender a pensar.

Pero esos, querido lector, no venden entradas.

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